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El día del viaje en el que Diego me preguntó si mi blog estaba dedicado a él y le dije que no, le mentí. Sí lo estaba. Y confieso que en ese blog escribí cosas horrendas como que estaba esperando a que su ex novia tuviera hijos para ir al bautismo. Vuelvo al día del reencuentro: me dijo que iba a generarme tranquilidad de ahora en más, que quería estar conmigo, algo así como que le gustaba la seguridad que yo le daba. Me acompañó a lo de Daiu y él se fue con sus amigos. Con Daiu fuimos a una fiesta en la casa de Roma, y una chica que hacía bodypainting me pegó piedras de colores en la cara, me hicieron un tatuaje de un ancla violeta en el brazo y me sentí estupenda. Me llevé unos autitos que había en la fiesta para regalárselos a él la próxima que lo viera. Roma cada cumpleaños lo adorna como una fiesta infantil, porque Roma es muy tierna y también es una freak. Al día siguiente le dije de vernos en Plaza Italia, él ya estaba por ahí porque había ido a cambiar una remera, me tomé un taxi y fui. Recuerdo haberme levantado mal. Fui con una bolsita de cartulina blanca toda apurada y cuando llegué le di un vino que le había traído de Mendoza y los autitos del souvenir de la fiesta de Roma:

Caminamos un rato por Plaza Serrano muy lejos uno del otro, nos reíamos, nuestros cuerpos se rechazaban; yo intentaba entregarme al encuentro, pero miraba de afuera y pensaba: “wow, no entiendo que yo conozco a esta persona, que supuestamente estoy enamorada de èl si lo miro y no lo veo”. fuimos a cambiar su remera y en el local me señaló una campera y me dijo: “Una campera así quería traerte de regalo”. Entramos al baño de un bar, al baño de otro bar, caminamos por una plaza de por ahí que estaba cerrada. Caminamos los dos con una botella de agua en la mano. Estábamos como haciendo tiempo. Entonces volvimos para el lado de Plaza Italia. Nos tiramos en una plazoleta que está por Avenida Santa Fé y Malabia y sacó de nuevo el anotador de viaje y siguió con el relato. Con algo así como que el día de su cumpleaños se estuvo mirando todo lo que duró el viaje en tren con una chica, y yo estaba recostada en el pasto mirando para arriba, con una pollera blanca y negra, hacía mucho calor. Y después siguió con la lectura de forma desordenada, entonces volvió a hojas anteriores y decía algo como “me gustaría pasear de la mano con vos por las calles de París, de vernos reflejados. Pero hoy no es el día”, y ese poema no era para mí. Ningún poema era para mí, salvo: “Pessoa es lo más”.

“Me quiero ir”, dije, “De la plaza me quiero ir”. Y caminamos de nuevo hasta Plaza Italia pero en sentido contrario , y se lo dije. “No quiero estar más con vos”. Y el que se sabe con ventajas en el amor, el que sabe que tiene el amor del otro en sus manos, hay cosas que no puede entender. Entonces cuando le dije que no quería verlo más, dijo que no entendía.

- ¿Pero conociste a alguien en este tiempo?
- ¿Escuchás lo que estoy diciendo?
- ¿Pero por qué me cortás?

No tenía sentido. Tampoco el tema era que ser novios, era ser novios. Entonces caminamos hasta la Estación Palermo, y después agarramos la Juan B. Justo y después fuimos hasta Avenida Córdoba. Todas las cuadras mitad callados, mitad riendo, mitad tristes, con preguntas como “¿ ahora no nos hablamos más?”. Él diciéndome que no quería cortar pero tampoco podía y yo me sentía un poco más segura cada vez. Me dijo que me quería mucho, que a su manera se enamoró. Me dijo Te amo, el mismo día en el que no nos íbamos a volver a ver. Y yo callada. Nos sentamos en el umbral de un outlet de Córdoba y se largó a llorar. Yo con el cuerpo tieso. Él levantaba la voz cada vez más y decía: “Ya no se qué mierda es el amor si lo nuestro tampoco funcionó, no entiendo nada.” Dijo: “¿Sabías que sos muy linda?”, mientras lloraba. Yo callada, mientras me caían lágrimas porque él me quería ver llorar solamente para que manifestara mi cariño. Y me brotaron gemas transparentes de los ojos, y en ese umbral lo vi llorar y ni siquiera fue por mí, porque me preguntó: “¿Sabés qué es lo que más me duele?, que Lucila quiere a su nuevo novio mucho más de lo que llegó a quererme a mí en nueve años”.

Entonces me fui a la parada del 140, llamé a Danu llorando y fui para su casa en subte. Caminé hasta Avenida Corrientes y cuando pasé por Scalabrini lo vi arriba del colectivo; miré a ver si me veía pero no me vio. A lo de Danu vino Lai y nos acostamos un rato en su cama; me descargué con todo lo que tenía, también eché culpas. A él le eché culpas que ahora no siento por eso no escribo con ese fin. A veces siento que él fue la forma de cerrar algo en mi cabeza, y en mí, como un circulo molesto y dañino, pero tampoco sé bien sobre estos sentimientos, ni sobre ninguno.

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