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El viernes 6 de marzo nos reencontramos en Avenida Scalabrini Ortiz y Corrientes. Volvió el viernes a la madrugada y chateamos un poco sobre cómo estaba su gata, si la había extrañado, y un poco sobre los últimos días de su viaje. Me llamó a las 16:45 a mi celular y no lo llegué a atender. Le hablé por Whatsapp y me dijo de vernos para darme unos regalitos. Cuando nos vimos, me abrazó mucho y habló de su viaje sin parar. Hasta llegar a la esquina, temblé. Le mandé un audio a Ceci que decía: “Tengo flojas las extremidades”. Llegamos al bar y se sacaba la campera, y después se la volvía a poner, y yo me levantaba…iba al baño, volvía, me prendía un cigarrillo…miraba para abajo… Y sacó su diario. Me empezó a leer que se había acordado de mí en el museo de Pessoa, algo así como que le hubiera gustado que yo estuviera ahí. También me leyó un relato en el que encontraba una caja con donas adentro y se las iba a comer al Sena. De regalo me trajo un libro de Jaimes Sabines y este pastillero:

Ese día tomamos cerveza en un bar de Villa Crespo y cuando terminó de hablar, me dio la palabra así: “Si tenés algo para decirme, estoy dispuesto a que me digas lo que sea.” Y le dije que la pasé mal ese tiempo en el que estuvimos separados; no por la distancia sino por cómo me sentí a la distancia. Yo para este momento ya estaba perdida en lo que me pasaba, pero lo había extrañado en las vacaciones.

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