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Después de un rato de enojo decidimos prender una tuca que tenía en mi cartera, de la noche anterior. Jugamos un rato a los videojuegos y se enojó de vuelta porque dijo que yo estaba muy inquieta. Me tiré en el sillón y le dije: “Dale, vení” y me dijo: “No quiero, no me gusta tanto la intimidad, no me gusta tener que abrazarte todo el tiempo”. Y me metí en el baño, cuando salí le dije que quería irme a casa y caminamos apuradísimos por Avenida Rivadavia, y en Parque Centenario le dije que quería dejar de verlo, me dijo que él no quería, le dije que sabía que él nunca se iba a enamorar de mí; me dijo: “¿Qué sos, adivina?”.

Después de un rato, me subí al 112 en Díaz Vélez y me fui a mi casa. Me dijo: “qué pena haberte conocido justo ahora que recién termino una relación tan larga con alguien que nunca me quiso”, y refrené mi impulso de ser la que consuela, y me callé. Después de subirme al colectivo, me empezó a mandar mensajes pidiendo perdón. Diciendo “vos sos divina”. Divina y adivina, pensé. Quise hablar por teléfono para quedarme tranquila pero él estaba en un asado en lo del padre.

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